EL PROFETA

 

P. Agustín – Tintxo- Arriola, Los Ángeles

1

Bajó al valle desde la soledad de su colina pelada. Al bajar crujían todos sus huesos. Seco, barbón y estreñido. Convocó una asamblea de iguanas, nopales y murciélagos. Les predicó diciendo: Bienaventurados los confundidos, porque ellos seguirán buscando. Huid de los instruidos, porque entre ellos están los seguros, los que creen ser dueños de la verdad. Entre ellos reptan los puros, se ariscan los fanáticos, avivan el fuego los inquisidores. Vosotros sembrad en la noche, nunca en el ruido. Sembrad al viento de crines locas sin preguntar a dónde se llevan vuestros gritos. Sed como los ciegos que son su bastón van buscando la luz, no el camino. Tendidas las manos al aire, caminad palpando oscuros muros de silencio. Así dijo. Luego acomodó el muerto que llevaba dentro y se recostó. Dio suelta a un pedo y se quedó dormido.

2

Subía la cuesta encorvado como quien busca algo que ha perdido. Era el peso, era la bolsa de angustia que llevaba al pecho, colgada por dentro. De su cueva salió al encuentro el maestro sufí Ibn Arat. ¿Qué buscas, profeta cristiano? Busco a Cristo. Si lo buscas es que ya lo has encontrado, dijo un sabio de los vuestros. Lo sé pero tengo que seguir buscando. Llevo dentro al iluminado Kiergegaard, que, siendo cristiano, quería ser cristiano sabiendo que cristiano solo ha sido Cristo. Te entiendo. Voy a bailar con los derviches. Que Alá te sea propicio. Ahora comparte conmigo. Y sacó del zurrón una piedra redonda, pulida por la canción del río. El profeta la aceptó y siguió su camino dejando atrás su sombra arrodillada sobre una esterilla de juncos. La sombra rezaba porque era domingo.

3

Escogió el lugar para orar. Trazó un círculo de tiza alrededor de sí mismo. Se sentó como flor de loto y allí se quedó inmóvil, como una lagartija en trance, sobre la roca ardiendo. Se le presentó el tentador vestido de azafata: alta, transparente y cartesiana. Extendió su perfume sobre la losa hasta ocupar por completo el lugar de la esperanza. Luego dijo: te anuncio que serás padre de muchos. De la arcilla de tu soledad nacerá una estatua con fiebre. Coloca tus huesos en su sitio y ven conmigo. Olvida la señal que no llega. Yo me haré cargo de tus sueños. Te llevaré al origen de la música. Allí la paz fluye como un río. Donde quiera que vayas, una nube cubrirá de sombra tu cansancio. Serás para siempre un alma sin oleaje, una memoria sin dueño. El profeta voló tres veces sobre sí mismo. Después despertó de su letargo: el sapo no se había movido.

4

Decidió, vivir un día sí y otro no. ¿Por qué ir mordiendo, poco a poco la manzana de la vida hasta alcanzar el corazón de la muerte? Un ensayo de muerte en vida. Porque vida y muerte no son realidades que se excluyan. Una está incrustada en la otra. Vida y muerte nacieron juntas, crecieron como amigas. Guardó, pues, en su zurrón las metáforas y practicó días alternos la vida con la muerte. No era fácil. En los días que le tocaba estar muerto, el viento cálido del recuerdo se colaba por la humedad del nicho. Y los días que le tocaba estar vivo, la esperanza del descanso y el olvido abrigaban su corazón frío. La inercia de la vida trazaba círculos, borraba límites. El recuerdo y la esperanza eran como dos desvaríos simétricos del corazón en su peregrinar sin rumbo. El profeta recogió unas semillas secas, besó su medallón por ambos lados y emprendió su camino. Una vez más no pudo ser. Como todos, en vida siguió muriendo.

5

Se levantó el alba como se levanta la niebla: húmeda y lentamente. Después de las abluciones hizo sus ejercicios de soledad. Cargó sobre el asno su coraza de templario y ajustó sus huesos para la marcha. Echó a andar sin rumbo, pues era su destino. La mañana: una acuarela desleída. El sol aún no conquistaba su dominio. El profeta solo se encontró con un ciego en su camino. Afilaba las hoces para la siega. Muy lejos, las sombras chinescas de unos peregrinos. Al medio día se agachó a recoger unos berros y allí la vio: la palabra por el suelo. Estaba rota y aterida, sucia de barro, con la muerte rondando su frío. La recogió, la abrigó en sus manos, le sopló su aliento de agrio vino. Curó sus heridas, alisó sus plumas y la soltó al aire de su torpe vuelo. La palabra remontó y se hizo silencio. Luego tomó rumbo señalando la dirección del olvido.

6

Sabía que era uno. Pero tenía, también, la certeza de ser otro. El otro que era él a veces desparecía. Entraba en la oscuridad del armario. Apartaba sus trajes de arlequín. Después corría la cortina de bambú y descendía por la sombría escalera del caracol del miedo. Vagaba por los túneles del espanto, hacía trasbordo en algún nudo corredizo. Solo regresaba al caer el sol cuando el vuelo de las golondrinas rayaba el atardecer. Regresaba sin saber quién era para encontrar su esqueleto ocupado por el otro. Una vez cayó a sus pies un rayo. Lo recogió y caminó un día entero para regalárselo a un amigo espantapájaros. Lo prendió en su solapa de arpillera y lo bendijo. Miró a la esfinge de trapo, que era él mismo, con el cuello roto y la paja saliéndose por los bajos y los puños. La sangre helada, el corazón baldío. El profeta, de pronto, supo que no era otro. Supo que era muchos. Supo que habitaba en un bosque de espejos y murió tranquilo.

 

 

 

P. Tinxto Arriola

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